Refinados en Horno de la Aflicción

He aquí que te he purificado, pero no como a plata; te he probado en el horno de la aflicción.  Isaías 48:10

La aflicción, en sus muchas y variadas formas, es el camino de todo el pueblo del SEÑOR. De hecho, si no la experimentamos, carecemos de una prueba de nuestra verdadera condición de hijos, pues «el Padre disciplina a Todo el que recibe por hijo», Hebreos 12:6. Todo creyente es refinado en el horno de la aflicción. ¡Qué gran consuelo brota de esta verdad! Las aflicciones de Dios son amorosas y paternales para con su pueblo redimido, mientras que para sus enemigos son de juicios.

Dios refina a sus hijos en el horno de la aflicción para su purificación, pero coloca a los malvados en el horno para su destrucción. El creyente puede acoger y soportar pacientemente la enfermedad, el duelo y la pobreza, sabiendo que los castigos paternales de Dios no son juicios y que sus aflicciones no son condenaciones. El horno de la aflicción es necesario en el proceso de santificación: para consumir la escoria que se adhiere tan estrechamente al mineral precioso, para purificar el corazón, centrar los afectos en Jesús, y apartar el alma de los atractivos de este mundo vano.

Durante el tiempo de aflicción la dureza y la insensibilidad del corazón ceden, los afectos se vuelven celestiales, y la conciencia se torna más sensible. Es un tiempo de meditación, de oración, de retiro del mundo y de los deleites terrenales, mientras el alma se encuentra en íntima comunión con Jesús. A través de las pruebas, el Espíritu Santo consuela al alma afligida revelando el amor profundo e inmutable de Jesús, y mostrando al creyente que su dolor es fruto del amor divino, enviado para atraer el alma más cerca de Él.

El Consolador abre los oídos del creyente para escuchar la voz de la vara disciplinadora de Dios, haciendo que su corazón regrese de sus extravíos y busque al Salvador herido con más anhelo que nunca. En el horno de la aflicción, el creyente alcanza un conocimiento más profundo de la suficiencia absoluta de Dios, y un conocimiento más auténtico de su propia pobreza espiritual e indignidad.

En cada época de aflicción, el creyente debe evitar poner su confianza en las personas, solo dirigir su mirada a Jesús, quien fue ante todo varón de dolores, experimentado con el sufrimiento Isaías 53:3; lo que le permitió sostener y compadecerse de su pueblo afligido. En cada tempestad, en cada noche oscura y en cada temor creciente, se oye la voz de Jesús que dice: «¡Ánimo! No teman, soy yo», Mateo 14:27.

Ten presente que tu aflicción no brotó de la tierra, sino que descendió de lo alto; es una bendición divina, enviada por amor. Cuanto más profundices en el amoroso corazón de Jesús: el dolor te herirá menos, la aflicción te oprimirá menos, y la tribulación te afectará con menos intensidad.- Octavius Winslow 

Deja un comentario