
Suba mi oración delante de ti como el incienso, Salmos 141:2
Aquí tenemos al cristiano acercándose a Dios y ofreciendo ante el altar de su gracia el incienso de la oración. Este incienso era un símbolo de la oración según dice: «Y toda la multitud del pueblo estaba orando afuera a la hora del incienso», Lucas 1:10. Y David interpreta este símbolo de manera correcta y hermosa: «Que mi oración suba a ti como incienso».
El incienso surge de la oración sincera del corazón que asciende al trono del Eterno. El corazón renovado del creyente es el incensario del que asciende el olor fragante. La verdadera oración es el incienso de un corazón humillado, que llora por su pecado, y es consolado con la sangre redentora del gran sacrificio de Dios. Este es el verdadero incensario; es lo que Dios mira: «Porque el Señor no ve como ve el hombre; pues el hombre mira las apariencias, pero el SEÑOR mira el corazón».1 Samuel 16:7
¡Precioso incensario! Moldeado y embellecido por el SEÑOR, ¡con Su maravillosa gracia! Dios, por su Espíritu renovador, ha hecho de tu corazón un hermoso y valioso incensario, cuya nube asciende y llena todo el cielo con su fragancia. Dios ve tus luchas y percibe su sinceridad. ¡Creyente! Jesús ama tu corazón. Lo compró con la sangre, las agonías y las lágrimas de su propio corazón. Él lo ha hecho Su templo, Su hogar, Su incensario, Su incienso, y nos acepta: «Los recibiré como si fueran incienso de aroma agradable», Ezequiel 20:41
¡La fragancia de este incienso es la dulzura interna de la oración verdadera, guiada por el Espíritu Santo, que sube a Su presencia! Puede que sea solo un gemido, un suspiro, una lágrima, una mirada, pero es la expresión del corazón; y el SEÑOR puede oír la voz de nuestro llanto e interpretar el lenguaje de nuestros deseos, cuando los labios no pronuncian palabra alguna: «SEÑOR, delante de ti están todos mis deseos, y mi gemido no te es oculto.» Salmo 38:9- Octavius Winslow