
No acabará de romper la caña quebrada ni apagará la mecha que apenas arde, hasta que haga triunfar la justicia. Mateo 12:20
¡Qué hermoso retrato pinta este versículo de nuestro misericordioso Salvador! En tan solo unas palabras, vemos la incalculable ternura, paciencia y gracia del SEÑOR Jesucristo hacia los creyentes débiles y heridos. Él es el poderoso Rey, sí, pero también es el tierno Pastor que cuida de los más frágiles de su rebaño.
La caña quebrada no está recta ni da fruto, está doblada y sin valor. A los ojos de los hombres, tal caña bien podría desecharse; pero no así con Jesús. Él no desprecia a quien ha sido golpeado por el pecado, por el dolor o por los ataques de Satanás. En cambio, Él venda las heridas, fortalece a los débiles, y restaura con dulzura a quienes caen.
La mecha humeante es una luz tenue. Apenas brilla, produciendo más humo que llama. Para el impaciente, parecería más fácil apagarla y reemplazarla por completo. Pero Jesús no apaga esa mecha humeante. Él no desprecia al creyente cuya fe es pequeña, cuyo celo se ha enfriado, o cuya alegría está casi extinguida. Con ternura, infunde vida a esa pequeña chispa, hasta que vuelve a convertirse en llama.
Este es el corazón de nuestro Salvador. Él no nos exige una fuerza perfecta ni una fe inquebrantable; ¡nos las da! ¡Él se acuerda de que somos polvo! Salmo 103:14. Se siente atraído por nuestra debilidad, no repelido por ella. Se inclina para levantar a los cansados, a los débiles que apenas pueden aferrarse a Él. Porque Él mismo fue «fue traspasado y herido molido por nuestras iniquidades» Isa. 53:5. Quebrantado en la cruz, la llama de su vida se extinguió, para que la llama humeante de nuestras almas arda eternamente en gloria.
Creyente, te sientes herido hoy, por tus fracasos, por las pruebas o las tentaciones. Eres solo una brasa que se apaga, luchando por creer, por amar, por tener esperanza. Entonces, anímate. Aquel que es la luz, no apagará tu luz. La cuidará. La avivará. La hará brillar de nuevo. Acerquémonos a Él tal como somos, sin pretender ser fuertes, sino confesando nuestra debilidad y confiando en su tierna misericordia. Jesús ama al quebrantado, al débil, lo levanta y lo guía hasta que haga triunfar la justicia.
ORACIÓN: “SEÑOR Jesús, te alabo por tu corazón manso y humilde. Muchas veces estoy herido, muchas veces desfallezco, pero tú no me abandonas. Fortalece lo que es débil en mí. Reaviva la llama del amor y la fe en mi corazón. Gracias por tu infinita paciencia y misericordia. Manténme cerca de Ti hasta el día en que la fe se convierta en visión. Amén.