La Oración Antídoto contra la Ansiedad

No se preocupen por nada. Que sus peticiones sean conocidas delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Filipenses 4:6

Sin preocupaciones, sino con toda oración. Sin ansiedad, sino mucha y gozosa comunión con Dios. Lleva tus deseos al SEÑOR de tu vida, el guardián de tu alma. Acércate a Él con dos porciones de oración y una de fragante alabanza. No ores con dudas, sino con gratitud. Considera que tienes tus peticiones y, por lo tanto, agradece a Dios por su gracia. Él te está dando gracia; dale gracias.

No ocultes nada; “da a conocer tus peticiones”. No corras a los hombres. Ve solo a tu Dios, el Padre de Jesús, que te ama en Él. Esto te traerá la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento. Te envolverá en su infinito abrazo. Corazón y mente por medio de Cristo Jesús estarán sumergidos en un mar de descanso. Venga la vida o la muerte, la pobreza, el dolor, la calumnia, morarás en Jesús por encima de todo viento agitado o nube oscura.  Sí, SEÑOR, te creo; Pero te ruego que ayudes mi incredulidad.

Todo aquello que nos impulsa a orar es una bendición. De hecho, el acto mismo de orar es una bendición. Orar es, por así decirlo, bañarse en un arroyo fresco, escapando así del calor del sol veraniego. Orar es remontarse en alas de águila por encima de las nubes y llegar al cielo despejado donde Dios mora. Orar es entrar en el tesoro de Dios y recoger riquezas de un depósito inagotable.

Orar es aferrarse al cielo, abrazar a la Divinidad en el alma y sentir el cuerpo convertido en templo del Espíritu Santo. Más allá de la respuesta, la oración en sí misma es una bendición. Orar es deshacerse de las cargas. Es despojarse de las vestiduras; es sacudirse las enfermedades; es llenarse de vigor espiritual; es alcanzar la plenitud de la salud cristiana. Que Dios nos conceda ser expertos en el santo arte de luchar con Dios en la oración.

La oración no debe ser una actividad casual, sino nuestra tarea diaria, nuestro hábito y vocación. Así como los artistas se entregan a sus modelos y los poetas a sus búsquedas clásicas, así debemos aferrarnos a la oración. Debemos estar inmersos en ella como en nuestro propio elemento, y orar sin cesar. SEÑOR, enséñanos a orar de tal manera que seamos cada vez más frecuentes en la súplica. Que tus pensamientos sean salmos, tus oraciones incienso y tu aliento alabanza. Así que Oremos.- C.H. Spurgeon 

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