
«Grande es este misterio, pero hablo con referencia a Cristo y a la iglesia». Efesios 5:32
La unión mística de Cristo y su iglesia también se declara como uno de los misterios del evangelio. Dice el Apóstol: Este es un gran misterio, pero yo hablo de Cristo y su iglesia. Que Cristo y su pueblo sean uno, uno como la cabeza y el cuerpo, la vid y el pámpano, el cimiento y la casa, es una verdad maravillosa. No podemos comprender cómo es posible; sin embargo, las bendiciones que de ella emanan son tantas, palpables y maravillosas, que no nos atrevemos a rechazarla.
Todo lo que un creyente es, como alma viviente, proviene de una unión vital con Cristo. Así como el cuerpo sin alma está muerto, así también un pecador está moralmente muerto sin la unión con Jesús. No solo su vida, sino también su fecundidad, se derivan de esta fuente. Todas las «bellezas de la pureza» que adornan su carácter brotan del principio vital que produce su injerto en Cristo. Entonces, es hábil para luchar, fuerte para vencer, paciente para soportar, manso para sufrir y sabio para caminar, pues vive en Cristo para la gracia de la santificación. «Separados de mí nada pueden hacer» Juan 15:5.
¡En verdad es un misterio que yo sea uno con Cristo, que todo lo que Él es se vuelva mío, y todo lo que yo soy se vuelva suyo! ¡Su gloria mía, mi humillación suya; su justicia mía, mi culpa suya; su gozo mío, mi dolor suyo. Mías sus riquezas, suya mi pobreza; mía su vida, suya mi muerte; mío su cielo, suyo mi infierno!
El caminar diario de la fe es un desarrollo continuo de los prodigios de esta maravillosa verdad. Que al ir a Jesús vacío, regrese de Él lleno. Que al ir a Él débil, regrese de Él fuerte. Que al inclinar mis pasos hacia Él, en toda oscuridad, desconcierto y dolor, regrese por ellos lleno de luz, gozo y alegría. ¡Porqué no maravillarse ante este misterio de la vida de fe! Mi unidad con Jesús lo explica. – Octavius Winslow