
“He aquí que no se ha acortado la mano del SEÑOR para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero sus iniquidades han hecho división entre ustedes y Dios, y sus pecados han hecho ocultar de ustedes su rostro para no oír”. Isaías 59:1-2
Muchos oran y oran, pero no obtienen respuesta. Entonces, piensan que no es la voluntad de Dios responderles, o creen que se acabaron los días en los que Dios respondía las oraciones. Y eso parecería ser lo que pensaron los israelitas. Dice Isaías que el oído de Dios está tan abierto para oírlos como siempre, su mano tan poderosa como para salvar; pero existe un obstáculo: Sus propios pecados los han separado de Dios, por eso no los escucha.
Muchos imploran a Dios en vano, simplemente a causa del pecado en sus vidas. Debe haber algún pecado oculto y sin confesar del pasado, debe haber algún pecado en el presente que es algo que la persona atesora, y muy probablemente no lo considera pecado; pero tal pecado existe, escondido en alguna parte, en el corazón o en la vida, y Dios “no oirá”.
Quien encuentre sus oraciones sin efecto no debería concluir que aquello que pide de Dios no es acorde a su voluntad, sino que debería orar en soledad a Dios con el salmista: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”, Salmo 129:23-24, y esperar ante Él hasta que le muestre aquello que es desagradable a sus ojos. Entonces, debe confesar y apartarse de su pecado.
Una de las cosas más horribles del pecado es la manera en que obstaculiza la Oración, la manera en que rompe la conexión entre nosotros y la fuente de toda gracia, de toda fuerza y bendición. Cualquiera que tenga fuerza en la oración debe ser despiadado al tratar con sus propios pecados. “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el SEÑOR no me habría escuchado” Salmo 66: 18. Mientras continuemos en el pecado, no podemos esperar que el SEÑOR preste atención a nuestras oraciones. Revisemos qué nos está impidiendo la respuesta a nuestra oración. !Renunciemos al pecado! – Rubén Archer Torrey
“Alma mía, espera la promesa divina, y tendrás abundancia de todos los bienes en el cielo. Si deseas desordenadamente estas cosas presentes, perderás las eternas y celestiales. No puedes saciarte de ningún bien temporal, porque no eres creada para gozar de lo pasajero. Nada hay que permanezca mucho tiempo debajo del sol. Todo en esta tierra pasará. Alza tus ojos a Dios en el cielo, y ruega por tus pecados. Deja lo vano a los vanos, y ten cuidado de lo que te manda Dios. Cierra tu puerta tras de ti, y llama a tu amado Jesús; permanece con Él en tu aposento en oración, que no hallarás en otro lugar tanta paz. -Tomas de Kempis