
De pronto, de entre las filas de los filisteos salió un guerrero como de tres metros de estatura. Se llamaba Goliat y era de la ciudad de Gat. 1 Samuel 17:4
Goliat parecía tenerlo todo a su favor, excepto a Dios. Y aquello de lo que él se jactaba, es precisamente lo que hoy en el mundo suele ser motivo de orgullo. Poseía una fuerza física extraordinaria. Su destreza atlética había hecho todo lo posible por él, y era un modelo de perfección física.
Tenía un espléndido equipo militar.¡Un casco de bronce, y sobre su cuerpo una coraza, también de bronce, que pesaba cincuenta y cinco kilos! El asta de su lanza era como un rodillo de telar, y su punta de hierro pesaba más de seis kilos! 1 Samuel 17:5-7. Si el buen equipo militar determinara los combates, el joven pastor de las colinas de Belén, David, sería aniquilado, sin duda. Además Goliat gozaba de la entusiasta confianza de los filisteos. ¡Era el orgullo y la gloria de su nación! Salía entre sus vítores, y las aclamaciones eran como hierro en su sangre.
Pero todo esto no importaba, porque Dios estaba en su contra. Los hombres y las naciones pueden alcanzar un fervor feroz, su armamento bélico puede satisfacer los estándares más exigentes, y aun así, con Dios en su contra, serán como estructuras tejidas con niebla, y se derrumbarán ante la menor debilidad. El asunto aquí no fue la batalla de Goliat contra David, sino de Goliat contra Dios! -JH Jowett